Me da arrechera, les digo a mis panas, ese juego contra los gringos en el Premier 12. Dos batazos que pudieron ser jonrones, les faltó nada, centímetros, uno de Amarista y otro de Pérez Jr. El equipo jugó bien, buena química, excelente cuerpo técnico, pero… Típico de cualquier equipo de Venezuela, de cualquier disciplina, me responde Roberto, con esa resignación que solo da la costumbre de la derrota. Solo el basket nos ha dado alegrías verdaderas, sentencia.
Y sí, jode, pero pareciera que Roberto acierta. Está como en el ADN del deportista venezolano eso de tener las condiciones, jugar bien, emocionar a todo un país, para al final quedarse corto, abrazando la derrota. Pasa con la Vinotinto, pasa con el “team beisbol” –como ahora intentan diferenciar al equipo de béisbol–, que ni en el Clásico Mundial ni en este Premier 12 lograron alegrar al país, aunque lo hicieron bien, coño, lo hicieron bien.
Pero no siempre fue así. Hubo una vez un episodio, una Serie Mundial disputada en Cuba, por allá en el 1941, que dividió la historia del deporte venezolano en un antes y un después de La Habana. No imagino cómo era la vaina antes, supongo que el deporte era inexistente, porque es a partir de ese evento que los gobernantes ven al deporte y le prestan apoyo, al punto de crear un Instituto público para el deporte, hasta ese momento solo atendido por particulares.
Quince mil bolos costó llevar a un equipo de pelota que representara a Venezuela en la IV Serie Mundial de Beisbol amateur. Seleccionaron a los mejores, tomaron peloteros del equipo campeón del momento, que se llamaba Venezuela, del Magallanes, del béisbol zuliano.

Venezuela debutó con triunfo de 12-1 ante Puerto Rico, derrotó a El Salvador, a México, a EEUU –¡a EEUU!, 12-1–, a Panamá y a Nicaragua. Perdió el invicto ante los dominicanos, pero finalmente derrotó al anfitrión, a Cuba, 4-1, para empatar la cima. Decidieron jugar un partido de desempate. El juego se realizó el 22 de octubre. Venezuela olvidó por un momento los sufrimientos del gomecismo y la tristeza que había dejado la malaria. Todo el país paralizado para escuchar el juego bonito, el decisivo, el que toda la vida nos ha costado ganar. ¡Hasta el Consejo de ministros dejó de trabajar y mandó a los escolares a sus casas para que escucharan el juego! Hasta los negocios bajaron las Santamarías.
La Vinotinto –aunque aún no llamábamos así a nuestros equipos, jajaja– puso a Daniel «El Chino» Canónico a lanzar contra Conrado Marrero, el mejor de Cuba. Y ocurrió, ese cuento sí tuvo un final feliz y cambió la historia del deporte. Venezuela ganó en La Habana a los cubanos 3-1. La emoción no es posible describirla. Las imágenes del pueblo recibiendo a su equipo en La Guaira son impactantes.

Desde ese día, después que el General Isaías Medina Angarita lo decretara, el 22 de octubre es el Día del Deporte en Venezuela. Y aunque a partir de ese momento el lenguaje del béisbol se hizo plural, las escuelas de pelota proliferaron y hoy somos una nación con grandes peloteros, aún seguimos recordando esa hazaña –incluso los que no la vimos– como la mejor ocurrida por acá al norte del sur.
Entretanto, nos conformamos con la excelente actuación de los muchachos de Omar López, quienes –casi como en el 41, silenciando a los cubanos–, en la actualidad casi enmudecen a los nipones. Seguiremos apoyando, como cantaba Héctor Lavoe, “pronto llegará el día de nuestra suerte”.

