¿Merecimiento? Esa palabra, tan manoseada, tan escurridiza. En el fútbol el merecimiento es un concepto subjetivo, un territorio pantanoso donde cada quien tiene su propia verdad. Que si Rodrigo, que si Haaland, que si Vinicius… Al final, cualquiera tiene derecho a opinar, a defender a su favorito. El problema, el meollo del asunto, es que al Real Madrid le tenían montada la escena, le habían vendido humo, y cuando se destapó la olla, saltaron los tapones.
El Balón de Oro, esa ceremonia pomposa que se vende como la consagración definitiva, siempre ha tenido un halo de misterio, de secretismo. Se filtra el ganador, sí, pero se supone que todo es parte del show, de la liturgia. El club del premiado organiza la comitiva, la celebración, el circo mediático. Este año, el Manchester City, con esa «buena relación» que mantiene con el Real Madrid, le habría avisado a Florentino: «Olviden la fiesta, que el premio es de Rodri». Y el Madrid, como entonces tomó su decisión.

Pero, ¡oh sorpresa!, este año decidieron cambiar las reglas del juego. A última hora, sin previo aviso, convirtieron la entrega del Balón de Oro en un show al estilo americano, con sorpresa incluida. ¿Y quién pagó los platos rotos? El Real Madrid, por supuesto. Ausencia notoria en la gala, caras largas, comunicados oficiales…
¿Mano negra? Llámenlo como quieran. El Balón de Oro, como cualquier premio de este tipo, está sujeto a intereses, a lobbies, a conveniencias. No seamos ingenuos.
El Madrid, con su historia plagada de títulos y de gloria, no necesita de un Balón de Oro para validar su grandeza. Ya lo dijo Florentino: «El Madrid vive de Copas de Europa, no de premios individuales». Una frase que, más allá de la soberbia que la impregna, encierra una verdad innegable.
Lo que queda por ver es si el Balón de Oro, convertido en un instrumento más del marketing y de los juegos de poder, mantendrá su prestigio. ¿Se convertirá en un premio exclusivo para un determinado sector del fútbol? ¿Perderá su aura de objetividad, si es que alguna vez la tuvo? El tiempo, ese juez implacable, dará la respuesta.
Mientras tanto, el debate está servido. Y el Real Madrid, con su ausencia ruidosa, ha logrado lo que mejor sabe hacer: ser el centro de atención.

