Por: Felipe Elías Mujica T
El heavy metal de Metallica retumbaba, como siempre, en el Yankee Stadium. Era la rutina que ponía a vibrar a los aficionados, la energía que se apoderaba del Bronx cada vez que el hombre del número 42 salía del bullpen. Corría el 11 de agosto de 2013, y el panameño Mariano Rivera, el mejor cerrador de la historia, caminaba hacia el montículo en el acostumbrado noveno inning.
Era su temporada de despedida. Su dominio fue tal que, a sus 43 años, sus estadísticas parecían desafiar el tiempo: ganó seis juegos y solo perdió dos, salvó 44 y dejó una efectividad de 2.11. En esa campaña, cada aparición era un tributo, una fiesta; cada rescate, una confirmación de su inmortalidad. La pizarra marcaba 4-2 a favor de los locales. Todo parecía indicar que Mariano, una vez más, pondría a delirar a los fanáticos de los Yankees.
Pero esa tarde, la fiesta de los Mulos sería aguada por una rebelión que ondeaba la bandera tricolor.
El primero en pararse en el plato fue Miguel Cabrera. Su cuerpo mostraba los signos de una batalla previa, librada dos noches antes contra el mismo Rivera: un duelo histórico por su extensión. Esa noche, el titán aragüeño, después de sufrir y casi lesionarse la pierna izquierda, había logrado empatar el juego con un jonrón. Ahora cojeaba, arrastraba su pierna castigada por los fouls, pero poco importaba el dolor. Su mirada era la de un coloso que no mostraba temor alguno ante el cerrador inmortal.
Rivera preparó su arma, ese cutter legendario que había quebrado más bates y esperanzas que cualquier otro lanzamiento en la historia. Lo soltó. Cabrera, con su majestuosidad habitual, giró la cintura. El contacto no fue estruendoso, pero sí lo suficiente para que la pelota aterrizara en las gradas, ante la incredulidad de Mariano.
Jonrón de Miggy. El marcador se apretaba 4-3. Un silencio espeso, casi sólido, se apoderó de las almas que llenaban el legendario estadio. Esperaban un ponche y, en su lugar, presenciaron un tablazo que agrietó su alegría.
Lo que vino después transformó esa grieta en una fractura que los llenó de asombro y tristeza. Apaleaban al ídolo en su propia casa.
Mientras el estadio aún procesaba la audacia de Cabrera, Víctor Martínez, su compadre, su socio en mil batallas, caminó hacia el plato. V-Mart, con esa calma que lo caracterizaba, no esperó. No analizó. Sabía que la mejor oportunidad contra un lanzador herido es la primera bola hacia el plato.
Rivera lanzó. Un solo pitcheo. El primer y último que vería Martínez en ese turno.
El swing fue limpio, corto, letal. La pelota salió disparada hacia el segundo piso, una línea blanca que cortó el aire y se anidó en las gradas del jardín derecho. Back-to-back. El término en inglés nunca había sonado tan venezolano. El empate, 4-4, era una daga clavada en el corazón del Bronx.
Mariano Rivera se quedó quieto en el montículo, mirando la trayectoria, impávido por fuera, pero seguramente gélido por dentro. Por primera vez en su carrera de leyenda, le conectaban jonrones consecutivos para estropearle un salvado. Y no habían sido unos cualquiera. Habían sido dos panas, dos de los mejores bateadores que parió la tierra de Bolívar, escribiendo a dúo la página más improbable en la temporada de despedida del más grande.
Los Yankees, siempre los Yankees, atenuaron la tragedia al terminar ganando el juego en la baja de la novena. Y aunque es posible que en la Gran Manzana el tiempo intente borrar ese mal recuerdo, la verdadera historia, la que se cuenta al norte del sur, no es la del resultado final.
Es la historia de la tarde en que el «Enter Sandman» de Metallica se silenció. La tarde en que Miguel Cabrera y Víctor Martínez se pararon frente al mejor cerrador del béisbol, lo miraron a los ojos y, con dos batazos, le recordaron que él también era mortal. Y que, esa tarde, no había nadie mejor que ellos.
