Quién lo diría. Los Cardenales de Lara, esos pájaros rojos que parecían desplumados tras los dos primeros juegos de la final, han resucitado. Y no es para menos, con una combinación de batazos oportunos y estrategias dignas de Maquiavelo, han logrado empatar la serie final de la LVBP ante los Bravos de Margarita.
Primero, desataron una temible ofensiva, anotando carreras a diestra y siniestra. Parecía que cada batazo llevaba la firma de Robert Pérez en sus mejores tiempos.
Pero no solo de batazos vive el hombre (ni el Cardenal). Henry Blanco, el estratega larense, movió sus piezas con la astucia de un ajedrecista. Ajustó la alineación, agitó el avispero en las bases y, encontró la fórmula para neutralizar a los Bravos. Hasta Eduardo García, ese jugador que parecía destinado a ser un eterno suplente, se convirtió en héroe. ¡Qué cosas tiene el béisbol!
Y qué decir del pitcheo. En el tercer juego Máximo Castillo, contuvo a los bates margariteños durante cinco episodios. Y en el cuarto juego, Anderson Espinoza se vistió de gala, lanzando seis innings de ensueño para llevarse la victoria. Ambos lanzaron pelota para empañar la fiesta insular.
Pero la clave, la verdadera clave de esta resurrección cardenalera, está en la mente. Los pájaros rojos se quitaron la presión, y salieron a jugar con la alegría de unos niños en un parque. Y esa alegría, esa confianza en sí mismos, se contagió al equipo entero.
Ahora, con la serie empatada y la moral por las nubes, los Cardenales aseguran su regreso a Barquisimeto con la ilusión renovada. Ya nadie los da por muertos. Han demostrado que tienen el talento, la estrategia y la mentalidad para pelear por el campeonato. Y si siguen jugando así, quién sabe, quizás veamos a los pájaros rojos alzando el trofeo de la LVBP. ¡Que siga la fiesta!

