Por Felipe Elías Mujica
En el estadio Alfonso «Chico» Carrasquel de Puerto La Cruz ya resuenan los ecos familiares de bates, guantes y pelotas. Bajo un sol inclemente que castiga, pero también purifica, los Caribes de Anzoátegui han saltado al terreno para iniciar las actividades de la pretemporada. Esto no es solo una práctica: es la primera página de un libro que toda la fanaticada sueña con ver culminado, como mínimo, en la postemporada. Al frente de la tribu, un nuevo cacique que conoce la guerra desde el diamante: Asdrúbal Cabrera.
El calor, ese viejo rival del pelotero oriental, es el primer filtro. “Bastante calor”, admite con una sonrisa de veterano Jackson Melián, el nuevo coach de banca, “pero aquí vamos trabajando”. En esa frase se condensa la filosofía del béisbol de nuestra tierra: el trabajo no es una opción, es el único camino. La meta —entrar en los playoffs— se dice fácil en una entrevista, pero se construye aquí, en cada gota de sudor que se evapora sobre el logo del equipo, en cada músculo que se fatiga hoy para responder en diciembre.
Las voces del nuevo cuerpo técnico se entrelazan en un solo mensaje. David Davalillo, desde la esquina caliente, habla de una “campaña exitosa”, mientras William Oropeza, custodio de la inicial, pronuncia las palabras mágicas que todo equipo campeón necesita: “Estamos conformando una gran familia”. Y ahí está la clave. Más allá de la táctica y la fuerza, el éxito en la Liga Venezolana de Béisbol Profesional se destila en la química, en la hermandad que se forja en la cueva. Un equipo que se siente familia no juega por un contrato: lucha por el hombre que tiene al lado.
Bajo la mirada atenta de Cabrera, quien transita esa fascinante y compleja línea entre ser mánager y ser uno de ellos, la maquinaria comienza a moverse. El coach de pitcheo, Jesús Hernández, anuncia la noticia que acelera el pulso de los fanáticos: “Ya los muchachos comenzaron a realizar bullpen”. Es el primer latido del corazón del equipo. Los brazos que ganarán las batallas empiezan a calentarse. Cada lanzamiento es una promesa; cada strike cantado en la soledad de una práctica, un ensayo para la ovación del público.
Aún falta mucho. Faltan piezas por llegar, falta que el engranaje se ajuste y que la estrategia se afine. Pero con la voluntad que se respira en el “Chico” Carrasquel en este tercer día de trabajo, van por buen camino. La clasificación a enero no se gana en el primer juego de la temporada: se empieza a merecer ahora, en el anonimato de una práctica, con el uniforme pegado al cuerpo por el sudor y la convicción de que cada sacrificio es un paso más hacia la gloria. La tribu ha vuelto. Y ya ha comenzado a afilar sus lanzas.
