Béisbol

César Izturis: El reto del bicampeonato en Lara

César Izturis, nuevo mánager de Cardenales de Lara, en el dugout del estadio Antonio Herrera Gutiérrez durante la pretemporada de la LVBP 2025-2026.`

Hay una emoción especial en el estadio Antonio Herrera Gutiérrez antes de que se cante la voz de play ball. Es un ambiente cargado recuerdos de la gloria reciente del 29 de enero, del séptimo título bordado en la bandera. Hoy, esas vivencias pesan sobre los hombros de un solo hombre: César Izturis, el hijo pródigo, el Guante de Oro, el tricampeón que ahora regresa al nido, no para fildear un roletazo, sino para pilotar a los pájaros rojos en su temporada de 60 aniversario. La misión, casi una obsesión que flota en el calor de Barquisimeto, tiene nombre y apellido: el bicampeonato.

«Uno nunca está listo hasta que está en la situación», confiesa Izturis, y en esa frase se resume la dimensión de la responsabilidad. Hereda un equipo campeón, pero no el mismo equipo. La gerencia fue «muy activa» y el roster es «muy diferente». La máxima sagrada del béisbol, «lineup ganador no se cambia», se convierte en un desafío filosófico para un mánager que, aunque la venera como un «fanático», sabe que el talento joven y las nuevas piezas merecen la oportunidad».

Izturis, el estratega, no es un enigma. Su béisbol se escribe con las piernas y el guante. Planea mantener la identidad que hizo a Cardenales líder en bases robadas y anotadas: velocidad, defensa y una agresividad ofensiva que aproveche el extrabase y el toque de bola «cuando sea necesario». En su libreto hay páginas aprendidas de cada maestro que tuvo en el banquillo: Luis Dorante, José Moreno, Henry Blanco. Sabe que la clave no está en la pizarra, sino en el clubhouse. La comunicación, dice, es vital para gestionar la «abundancia» de talento, para que cada jugador, desde el veterano consagrado al joven que busca un lugar, entienda su rol en el equipo.

Pero el reto más profundo no se jugará bajo las luces del estadio, sino en la intimidad de la cueva. Allí, el mánager Izturis tendrá que mirar a los ojos al pelotero Izturis: su hijo, César Daniel. La situación es «difícil, difícil de verdad», admite con una honestidad que desarma. El padre quiere verlo triunfar, pero el piloto tiene una sola lealtad. La sentencia es tan dura como el diamante mismo: «Si nos está ayudando a ganar juegos, él va a estar ahí». No hay espacio para el apellido cuando se persigue la gloria. El legado familiar queda en pausa por el bien del legado colectivo.

Izturis sabe que la afición, esa que coreó su nombre como jugador, será implacable con sus decisiones como estratega. Por eso, prefiere no leer los «comentarios malos» cuando llegue la inevitable racha perdedora. «Aprender y ver cómo de manera positiva salir de esa racha mala», esa es su coraza.

Hace treinta años, Emilio Carrasquel le dio su primera oportunidad en este mundo de sueños. Hoy, con la confianza de la organización, César Izturis se pone al frente del reto mayor: «mantener la cultura ganadora». La primera meta es modesta y a la vez, inmensa: «Clasificar». Porque en la LVBP, para escribir la historia primero hay que ganarse el derecho a estar en la página. Y la pluma, esta vez, pesa más que cualquier bate.

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