Béisbol

David: El Rey que no necesita permiso de Cooperstown

Por Felipe Elías Mujica T.

David volvió al diamante esta semana. 77 años a cuestas y 19 de ellos entregados a la Gran Carpa, siempre con el rojo de Cincinnati en el pecho. Estaba bien acompañado. Hubo un intercambio de metales que vale más que el oro: Eugenio Suárez le soltó su medalla de campeón del Clásico Mundial y el Rey le entregó el Premio Luis Aparicio al mejor criollo de 2025. Dos épocas, un solo gentilicio.

Concepción luce el peso de la vida, pero con una elegancia que jode. Ha peleado sus batallas fuera del terreno y ahora se goza cada out que le regala el destino. Estuvo con Sojo en aquel 2006 donde el «sí se puede» se quedó en el camino. En esa no se nos dio. Ahora, por fin, saboreó la gloria máxima. Se le ve relajado. Tiene esa paz que solo posee el que no necesita que un burócrata en Cooperstown le firme una fe de vida en forma de placa de bronce.

Para David su propia recompensa es haber sido honesto y entregado al juego. Por supuesto, nadie se pondría bravo si lo exaltan al Templo de los Inmortales. Pero… ¿qué más da? Los puristas lo votaron 15 veces y nunca pasó del 16% de los votos. Una burla que no lo hace ni mejor hombre, ni mejor pelotero. Nuestro Rey no requiere que esos señores certifiquen su jerarquía en la Maquinaria Roja.

Ese Salón de la Fama a ratos parece un club de amigos. Un museo que cobra entrada por recuerdos que nos pertenecen a nosotros, los que de verdad amamos el beisbol. Pero David, como vimos estos días, tiene algo que no es un consuelo: es el respeto imperturbable de quien sabe que hizo su trabajo mientras los rivales reconocían el talento.

Fue bueno verlo sonreír, ovacionado, repartiendo galardones. Dando y dando, pues. Ya sabemos que amor con amor se paga.

Y es que no me hace falta ir a un salón frío para recordar aquel salto que decapitó una línea o el invento del rebote en la grama artificial para fusilar en la inicial. Eso no se puede encerrar en cuatro paredes. A los puristas les duele que la historia no encaje en sus libritos de sabermetría barata. No importa, David. Tú ya eres el dueño del relato.

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