Béisbol

El madero de la jerarquía y el zurdo que asaltó la historia

OUT 1
Había un aroma a Estadio Universitario en el LoanDepot Park, de ese que se disfruta despacio mientras se espera que la pelota empiece su diálogo eterno dentro de la raya de cal. El béisbol, ese deporte testarudo que no entiende de guiones preestablecidos, suele premiar a quien ejecuta correctamente las rutinas. Ver a un equipo venezolano entregarse con esa cadencia, con esa mística que parece rescatada de las viejas transmisiones de radio, nos reconcilia con la esencia del juego. Y es que el diamante no miente; cuando la voluntad de un grupo se alinea con la historia, el resultado es una sinfonía de catorce imparables que resuena mucho más allá de nuestras fronteras. Pero, ¿qué es la gloria sin el matiz de la reflexión? Ver a este equipo es recordar que, a veces, los nombres que entran por la puerta de atrás terminan escribiendo los capítulos más brillantes de nuestra propia mitología deportiva.

OUT 2
Vayamos a la frialdad del dato, a lo que no tiene corazón pero sí mucha verdad: la eficiencia del pitcheo y la explosión del madero. Emmanuel De Jesús, un brazo que hace semanas no figuraba en la libreta de nadie y que entró al roster por la baja de Germán Márquez, nos dio una cátedra de autoridad sobre el morrito. Con apenas 29 pitcheos ya tenía cinco ponches; al final, su cuenta cerró en ocho abanicados en cinco entradas, pulverizando la marca histórica de siete que compartían el «Rey» Félix Hernández y Freddy García. Pero el análisis no se detiene en la lomita. Luis Arráez, ese «hacedor de hits» que algunos insensatos tildan de falto de fuerza, se despachó dos estacazos para empatar el récord de cinco remolcadas de Salvador Pérez. Y ojo al trabajo silencioso del relevo: Lograron mantener la brújula. La táctica fue agresiva desde el primer parpadeo, anotando cuatro rayitas tempranas para que la grúa venezolana trabajara con comodidad.

OUT 3
Muy bonito todo, sí. Venezuela es líder del grupo y mañana descansan para mirarse al espejo, como si ya tuvieran la corona en la maleta. Pero no se me emocionen tanto, que Israel no es precisamente la reencarnación de los Yankees de los años veinte. Después de ese primer inning de fuegos artificiales, la ofensiva se durmió una siesta que casi nos amarga el café, hasta que Maikel García se acordó de que era pelotero y dio su línea con las bases llenas tras una noche que iba camino al olvido. ¿Es este equipo una máquina imparable o simplemente aprovechamos las bondades de un pitcheo rival que parecía de liga de aficionados? Arráez tiene cuatro jonrones históricos, sí, pero Miguel Cabrera sigue mirando desde el trono con seis. Veremos si cuando nos toque un rival que sí muerda, el «tumbao» nos alcanza para algo más que para celebrar un récord contra un equipo que apenas sabe dónde queda el home. La duda queda ahí, flotando como una curva que nadie quiso abanicar… Amanecerá y veremos.

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