Me cuesta creer que esos energúmenos que saltaron al campo ayer, sedientos de sangre, con la furia irracional de una bestia herida, sean realmente «hinchas» del Caracas FC. ¿Aficionados? No. Lo que vimos en el estadio Olímpico fue una horda salvaje dispuesta a linchar a sus propios jugadores, una escena lamentable que mancha para siempre la historia del fútbol venezolano.
Táchira clasificó a la Final del Clausura con una victoria contundente 0-4 al Caracas Fc.
Sí, es válido protestar. El fútbol, está lleno de frustraciones, de derrotas que duelen en el alma. Pero de ahí a convertir la cancha en un coliseo romano, hay un abismo insalvable. Estos «hinchas», si es que merecen llamarse así, cruzaron esa línea. No son amantes del deporte, son delincuentes, vándalos que esconden su cobardía tras la máscara de la pasión.
Y lo peor es que esta barbarie no surge de la nada. Es el fruto podrido de un sistema que ha permitido la proliferación de las «barras bravas», esos grupos que se creen dueños del equipo, con derecho a decidir quién juega, quién se va y quién vive. ¿Hasta cuándo vamos a seguir importando lo peor del fútbol mundial? Copiemos los goles, la técnica, la organización, pero no la violencia, la anarquía, el salvajismo.
Los clubes tienen su cuota de responsabilidad. No pueden seguir alimentando a la bestia, dándole poder a cambio de apoyo incondicional. Necesitamos barras que alienten, que festejen, que protesten sí, pero con respeto, con inteligencia, sin poner en riesgo la integridad de nadie.
Lo de ayer fue vergonzoso. Una mancha que nos avergüenza a todos los que amamos el fútbol. Esos «malandros», como bien los hemos llamado, deben ser castigados con todo el peso de la ley. Y el Caracas FC, como institución, debe asumir su responsabilidad por haber creado el monstruo que ahora no puede controlar.
El fútbol es pasión, es alegría, es emoción. No permitamos que la locura se apodere de las gradas. No permitamos que el deporte rey se convierta en un campo de batalla.

