Béisbol

La bestia de La Sabana

Por Felipe Elías Mujica T.

Para entender al héroe de esta historia, primero hay que conocer su cuna: La Sabana, un caserío venezolano abrazado por el mar Caribe y la cordillera de la Costa. Un pueblo de pescadores y balnearios mágicos, donde la vida transcurre con una sencillez que contrasta con la magnitud de los sueños que allí se gestan.

En ese rincón del mundo, el béisbol se juega con un arte casi místico. Poco importa que las lluvias inunden las casas o que las calles sean de tierra. Lo verdaderamente relevante son los sueños que nacen del simple hecho de jugar pelota, un legado que los Escobar, Acuña, Campos, Blanco y Martínez ya habían comenzado a inscribir en el béisbol profesional. En ese caldo de cultivo creció un jovencito llamado Ronald Acuña, hijo de pelotero, para quien el juego era una pasión innegociable. Jugaba con sus panas en todas partes: en la playa, en la calle y en el único campo de béisbol del pueblo. Eran tiempos sin la irrupción de la tecnología, donde el arsenal de pelotas se fabricaba con periódicos viejos y cinta adhesiva, el «teipe» que unía los sueños de toda una generación.

El Jr. siempre tuvo claro que el béisbol lo llevaría a la fama y al dinero. Conmovía a su madre, Leonelis, con la promesa solemne de que pronto, ella no tendría que trabajar más. «Seré un grandeliga con mucho dinero», le aseguraba con una convicción que a ella, incrédula, le arrancaba lágrimas y abrazos. Ese muchacho creía en sí mismo mucho antes que el resto del mundo.

Pero la determinación no garantiza un camino fácil. Tras una infancia de limitaciones, pero feliz, Ronald cumplió 15 años y se enfrentó a un muro de rechazo. Casi todas las organizaciones de Grandes Ligas lo descartaron. Su sueño se convertía en pesadilla. Sus herramientas —bateo, velocidad, brazo— estaban ahí, intactas y prometedoras, pero los scouts dudaban. Jornada tras jornada, el mensaje era el mismo: «Sigue trabajando, te llamaremos». La frustración fue tal que Acuña llegó a pensar en la capitulación. Un día, lleno de tristeza, le confesó a su madre que quería rendirse.

Afortunadamente, en la vida, como en el Caribe, después de la tormenta siempre escampa. En medio de ese temporal emocional apareció Rolando Petit, scout de los Bravos de Atlanta. Aunque un Acuña desmotivado acudió al encuentro con escepticismo, Petit vio algo que los demás, increíblemente, dejaron pasar. Poco después, para alegría y llanto de toda la familia, su muchacho firmaba por 100.000 dólares.

Ese fue solo el primer paso de un viaje largo y desafiante. Atrás quedaba La Sabana; por delante estaban los Estados Unidos: sin familia, sin amigos, sin playa y sin dominar el idioma. La adaptación fue brutal. El niño que solo quería jugar pelota ahora lloraba de tristeza y extrañaba todo. No hablar inglés era un problema real que le dificultaba hasta ordenar comida. Memorizaba frases o se apoyaba en algún compañero. La soledad y la barrera de comunicación hicieron de su ascenso una tarea titánica.

Pero superó esas piedras en el camino. Cuando finalmente logró la meta, la noticia de su llegada a las Grandes Ligas se esparció como pólvora por La Sabana. Se la dio a sus padres con un simple mensaje de texto, un reflejo de que, en 2018, las comunicaciones aún no eran una virtud en su pueblo.

Ronald nunca aprendió a perder. En un campo de béisbol se transforma en un competidor feroz, un «picado» al 100% que busca la excelencia. Su estilo explosivo chocó de frente con la vieja guardia del béisbol. Sus celebraciones, su «perreo», le valieron duras críticas de periodistas y aficionados tradicionalistas. Incluso su madre le pidió más humildad. Sin embargo, «El Abusador», como lo apodaron, argumentó siempre que era su forma innata de ser, que no podía cambiarla para complacer a sus detractores. Entiende que su estilo vende, que hace el béisbol más atractivo y que se basa en el respeto, no en la falta de este.

Muchos recuerdan sus jonrones, récords y bases robadas, pero a veces olvidan el calvario de sus lesiones. Hay que imaginar a «La Bestia» con el ligamento cruzado anterior roto: el dolor insoportable, el llanto, el tener que aprender a caminar de nuevo. La impotencia de ver en muletas a sus compañeros ganar la Serie Mundial de 2021. Sin embargo, se levantó. Hizo la terapia y entendió que solo así volvería a jugar. Apoyado por su familia y amigos, que lo vistieron y lo bañaron en sus peores momentos, salió de esa experiencia fortalecido.

Hoy, cuando tanto talento se pierde en malos pasos, es justo reconocer que Acuña ha sabido rodearse. Figuras como Luis Salazar, Tomás Pérez y Carlos «El Beto» Méndez fueron claves en su desarrollo en las ligas menores. Él mismo agradece no haber recibido un bono millonario desde el inicio, consciente de lo difícil que es asimilar un éxito tan abrumador cuando se ha tenido tan poco.

Ronald Acuña Jr. es un hombre de sueños grandes. Tras ganar un MVP, su mente ya está en el siguiente logro; nunca está satisfecho. Quiere otra Serie Mundial y defender a Venezuela en el Clásico Mundial. Promete no dejar de trabajar hasta cumplirlo, para el orgullo de su familia y de toda La Sabana. Se siente tan inmensamente orgulloso de sus raíces que, si tuviera la oportunidad de nacer de nuevo, elegiría sin dudarlo el mismo lugar que lo vio crecer

¿Qué Opinas?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Noticias

Inicio