Baloncesto

La Vinotinto de las Alturas: Por el legado de los héroes inesperados

Por Felipe Elías Mujica

Esta es la historia de unos héroes inesperados. Un grupo a menudo subestimado, pero cuyo reflejo es el de la propia Venezuela y sus pasiones: si ganan, el orgullo se dispara a las nubes; si caen, el apoyo se desvanece en una profunda decepción.

No son beisbolistas ni futbolistas. Son jugadores de baloncesto forjados desde abajo, perseverantes, con pocos patrocinantes y sin el acompañamiento mediático que su trayectoria merece. Este es el relato de cómo conquistaron Portland, luego México, y cómo, entre ambos logros, también se subieron al podio en República Dominicana. Es la historia de cómo estos gigantes se apropiaron del éxito de la «Vinotinto» y le añadieron un apellido de gloria: la «Vinotinto de las Alturas».

Por estos días, el balón volverá a ir al aire. Los chamos correrán, driblarán y defenderán como una pandilla que representa a un país necesitado de sonrisas. Pero antes de hablar del presente, recordemos el año en que se convirtieron en héroes.

Corría 1992 y el país se resquebrajaba bajo una crisis económica severa. El gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez se tambaleaba y, en medio de la incertidumbre, la selección de baloncesto no comenzaba a entrenar. Eran liderados fuera de la cancha por una figura atípica: el estadounidense nacionalizado Sam Shepherd, «El Mago», quien defendía los derechos de sus compañeros ante una federación que incumplía sus compromisos. La situación se agravó el 4 de febrero, cuando una asonada militar sacudió los cimientos de la democracia venezolana. Con un «por ahora» que quedaría para la historia, el intento de golpe fue controlado, pero el caos dificultaba aún más la preparación del equipo dirigido por el boricua Julio Toro, que venía de coronarse campeón suramericano por primera vez.

A pesar del convulso panorama, los atletas tenían la obligación de ratificar la apoteosis que significó aquel título. Su espíritu y orgullo les dieron el valor para enfrentar a los mejores de América, incluido el intimidante «Dream Team» con sus dioses: Michael Jordan, Magic Johnson y Larry Bird. Cualquiera se preguntaría: ¿qué hacía allí un equipo de un país donde el béisbol es el rey?

La respuesta la tenía su técnico. Julio Toro, más que un entrenador, fue un padre que convenció a sus «muchachos» de que, unidos como una pandilla, podían lograr lo imposible. Limó asperezas y los convirtió en una familia con una sola misión: Juegos Olímpicos Barcelona ’92.

Tras tropiezos iniciales, el objetivo se materializó. La victoria ante una Canadá con tres jugadores NBA por 76-72 fue el boleto a la inmortalidad olímpica. Quienes vieron el juego por RCTV deben recordar a Leonardo Rodríguez, uno de los mejores comentaristas del país, gritar emocionado: «¡Sí, sí, sí, ahora sí puedo morir tranquilo!». La semifinal contra Brasil fue la confirmación del dominio criollo, un 100-91 que supo a gloria y los catapultó a la final.

El duelo contra Estados Unidos fue un sueño dentro de otro sueño. Los jugadores, con la inocencia de quien se sabe parte de la historia, se fotografiaban con sus ídolos antes del salto inicial. La derrota por 127-80 fue anecdótica. El verdadero triunfo, el que quedó grabado en los libros, fue haber ganado el segundo tiempo. ¡El único equipo en todo el torneo que superó a los dioses en un parcial! La medalla de plata se sintió como «oro puro».

A su regreso, el aeropuerto de Maiquetía fue un «mar de gente increíble». Venezuela recibía a sus «Héroes de Portland». Nada volvería a ser igual.

El Bronce que reafirmó la grandeza (2005)

Trece años después, el eco de Portland aún resonaba. En Santo Domingo, la «Vinotinto de las Alturas» tenía la misión de demostrar que aquella gesta no era solo un recuerdo. Bajo la batuta de Néstor «Mama Osa» Salazar y su filosofía de defensa, velocidad y juego colectivo, una nueva generación tomó el testigo.

La experiencia del eterno Víctor David Díaz se fusionó con la potencia de Héctor «Pepito» Romero y el talento de otro NBA: Óscar Torres. Tras un traspié inicial ante Brasil, el equipo encadenó cinco victorias consecutivas contra Canadá, EEUU, Panamá, Puerto Rico y Uruguay. En semifinales, se fajaron ante Argentina, pero cayeron 104-93. Sin embargo, el momento cumbre llegó en la disputa por el bronce. El rival, una vez más, era Estados Unidos. Venezuela se agigantó y, con un 93-83 inobjetable y un corazón desbordado, se colgó una medalla cuyo brillo era tan intenso como el de la plata del 92.

La Conquista Inesperada (2015)

Si lo de Portland fue una hazaña, lo de México en 2015 fue un milagro terrenal. Nadie daba un centavo por ese equipo. Sin su estrella NBA, Greivis Vásquez, partían como víctimas anunciadas. Pero el argentino Néstor «Che» García, un maestro de la motivación, transformó a un grupo de jugadores en «12 guerreros», en «puros obreros» del baloncesto, bajo el lema «Juntos somos más».

Su estrategia se basó en una defensa asfixiante y el sacrificio colectivo. A pesar de un camino irregular en las primeras rondas, el equipo llegó a semifinales para enfrentar a la Canadá de las estrellas NBA. El guion pronosticaba una derrota, pero este equipo se especializaba en romper protocolos. En un final de película, con menos de un segundo en el reloj, Gregory Vargas fue a la línea de tiros libres y no le tembló el pulso. Su aporte, junto a los 20 puntos de Windi Graterol, fue clave para una victoria épica, mientras el «Che» corría por la cancha celebrando la clasificación a los Juegos Olímpicos de Río.

La historia no había terminado. En la final esperaba la Argentina de Luis Scola. Con el cuerpo magullado pero el «corazón y las garras de venezolano» intactas, dieron una nueva lección. El 76-71 final desató la locura. Ver a José «Grillo» Vargas levantar el trofeo y escuchar el «Gloria al Bravo Pueblo» en lo más alto fue, en palabras de los jugadores, «inexplicable». Se habían convertido en un ejemplo para un país que siempre necesita creer.

Por un Nuevo Legado

Hoy, la Vinotinto de las Alturas se prepara para un nuevo ciclo hacia la AmeriCup 2025 en Managua. La renovación es profunda, bajo la dirección de Ronald Guillén. El camino se inicia con el recuerdo imborrable de Garly Sojo, la joven estrella cuya memoria servirá de inspiración eterna.

La antorcha del liderazgo la portan veteranos como David Cubillán y el incombustible Windi Graterol, quien disputará su vigésimo torneo con la selección, un gigante solo superado por leyendas como Víctor David Díaz e Yvan Olivares. Ellos guiarán a una nueva camada de talentos que apenas promedia 26 años.

La afición, exigente y conocedora, los observa. Las gestas de 1992, 2005 y 2015 dejaron una vara muy alta. Demostraron que los triunfos no son cuestión de suerte, sino de talento, disciplina, garra y un corazón que nunca deja de latir con la fuerza de todo un país. El balón estará de nuevo en el aire y la historia continuará. Con más recursos y mejor planificación, ¿podrá este nuevo ciclo aspirar aún más alto que sus legendarios antecesores?

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