Por Felipe Elias Mujica
Gianni Infantino se vistió de terapeuta de autoayuda. El Presidente de la FIFA, ese supraestado que se mueve entre palcos VIP y hoteles de cinco estrellas, decidió opinar sobre Omar Artan. Al árbitro somalí le cantaron el outside en la aduana de Estados Unidos; se quedó sin la visa para la Copa del Mundo. Y la respuesta del jefe del negocio fue algo así como lavarse las manos: «Tal vez sea bueno simplemente relajarse, tomárselo con calma».
Fácil decirlo desde un avión privado. Infantino se lava las manos con jabón suizo. Dice que no son los reyes del mundo… vaya ironía para quien maneja el dinero del juego con mano de hierro. El fútbol que nos venden en los comerciales como la patria de todos se arruga cuando un burócrata de migración tranca el juego. Y ahí muere la mística. El gran circo sigue su rumbo, pero un especialista del silbato del tercer mundo se queda mirando la partida desde la baranda.
Pero el juego de la dignidad está en otro escenario. Si alguien tiene que asimilar el golpe con verdadera entereza, es Artan. No porque el cinismo institucional de la FIFA tenga razón, sino porque al hombre de a pie solo le queda dominar lo único que realmente le pertenece: su propia respuesta ante el atropello. El poder de mirar el pantano sin ensuciarse el alma.
Mientras Infantino pide calma para tapar la ineficiencia de su oficina, el árbitro somalí debe recoger sus maletas, tragar grueso y entender que su valor no lo define un sello consular ni el capricho de un burócrata de cuello blanco. Controlar lo controlable; el resto es ruido.
¿Gritar sirve? Quizás no para cambiar la decisión de Washington, pero el silencio de los de abajo siempre le ha resultado demasiado cómodo a los de arriba. A Artan le quitaron el derecho al gran momento de su carrera. La FIFA prefirió un silencio cómodo para no molestar a los dueños de la casa. Nos queda el escepticismo de un juego que expresa universalidad pero se ejecuta con pasaportes de primera y de segunda categoría. A Artan lo sacaron del Mundial sin pitar. Así funciona este negocio: las reglas del juego se escriben con tiza blanca, pero las exclusiones se firman con bolígrafo en oficinas de aduana.
