La Vinotinto, esa eterna promesa del fútbol sudamericano, siempre nos deja con sentimientos encontrados. Un día despliega un juego vistoso y al siguiente se diluye en múltiples desaciertos. Ante esta montaña rusa de emociones, surge una pregunta: ¿puede Juan Pablo Añor ser la pieza que le falta al rompecabezas? Su reciente actuación con la selección, aunque breve, nos da pie a soñar.
Añor es ese jugador talentoso, cerebral, con un toque de balón que roza lo mágico. Pero, como todo, tiene sus bemoles. Su fragilidad física es el Talón de Aquiles que lo ha perseguido a lo largo de su carrera.
¿Será capaz de soportar el ritmo vertiginoso del fútbol internacional? Algunos dirán que no tiene la stamina para aguantar 90 minutos, que es un jugador de cristal. Otros, más optimistas, apuestan a que su talento puede marcar la diferencia, aunque sea en pequeñas dosis.
Lo cierto es que la Vinotinto necesita un jugador como Añor. Un creador, un director de orquesta que sepa administrar el balón con criterio y precisión. Un mago que, con un pase milimétrico o un tiro libre endiablado, sea capaz de desatascar un partido.
Imaginen a Salomón, Soteldo, Savarino y Añor ¡una delantera de ensueño! Además, la selección carece de un especialista en tiros libres. Añor podría llenar ese vacío.
Claro, no se trata de pedirle peras al olmo. Si Añor no está para jugar los 90 minutos, pues que juegue 30, pero que juegue. Que su talento se ponga al servicio del equipo, que su magia ilumine el camino hacia la victoria. A fin de cuentas, el fútbol es un juego de momentos, y Añor puede ser ese momento de inspiración que la Vinotinto tanto necesita.
Quizás, solo quizás, con Añor en la cancha, la Vinotinto deje de ser esa eterna promesa y se convierta en una realidad. Una realidad que nos haga vibrar, que nos llene de orgullo, que nos haga creer que querer es poder.

