El estadio Nacional vibró con la ilusión de una Vinotinto que llegaba con el envión anímico del empate boliviano ante Paraguay. Savarino, Soteldo, Rondón… nombres que prometían una noche de gloria, un zarpazo a la historia. Pero el fútbol, está lleno de espejismos, de falsas promesas que se desvanecen con la misma rapidez con la que aparecen. Y esta noche, en Santiago, la Vinotinto se desdibujó, se perdió en un mar de errores e imprecisiones, dejando una sensación de vacío, de amarga decepción.
El partido comenzó con la intensidad propia de un clásico sudamericano. Chile, con la presión de su público, salió a buscar el gol desde el primer minuto. Vargas, como un fantasma del pasado, casi abre el marcador con un derechazo que exigió lo mejor del repertorio de Rafa Romo. El «tapadón» del portero venezolano fue una muestra de la pesadilla que se avecinaba.
Y entonces, como un relámpago en la noche, llegó el gol de Venezuela. Rincón, con la pausa de un maestro, Soteldo con la magia de un ilusionista y Savarino con la definición de un depredador. Un contragolpe letal, una obra de arte que hizo vibrar a los venezolanos presentes en el estadio. Pero la alegría duró poco, muy poco.
Chile, herido en su orgullo, reaccionó con furia. Vargas primero y Suazo despues, con un disparo sucio, aprovechó un rebote en la defensa Vinotinto para igualar el marcador en par de oportunidades. El partido se convirtió en un ida y vuelta frenético, un duelo de emociones en el que Venezuela parecía perder pie.
Cepeda, con dos goles en rápida sucesión, le dio la vuelta al marcador y sepultó las ilusiones venezolanas. Un error defensivo en el primer gol, una definición exquisita en el segundo. Chile, sólido y contundente, ampliaba la ventaja y dejaba a la Vinotinto al borde del abismo.
La desazón se apoderó del equipo venezolano. Imprecisiones, falta de concentración, errores infantiles… la Vinotinto se desdibujaba con el paso de los minutos, como las marcas en la arena que borra la marea.
Y cuando todo parecía consumado, llegó el quinto gol chileno, obra de Felipe Mora. Una humillación que, si bien fue mitigada por la intervención del VAR, dejó una herida profunda en el alma de la Vinotinto.
Duele decirlo, pero la actuación de Venezuela fue decepcionante. Una sombra de aquel equipo que ilusionó con su garra y su talento. Queda la sensación de que faltó algo, quizás amor propio, quizás compromiso. Pero así es el fútbol, un juego de emociones, de alegrías y tristezas, de sueños que se cumplen y otros que se desvanecen en la noche.

