Mi gente, aficionados, amantes del balompié, ¿qué fue eso? Uno se sienta frente al televisor con la ilusión de ver a la Vinotinto integrada por jugadores de la Futve, jugar bien, de presenciar un partido vibrante, un duelo competitivo… y termina siendo testigo de una película de terror clase C, de esas que te hacen esconderte detrás del cojín y preguntarte si no habría sido mejor dedicar la tarde a comer pizza y juegos de video.
Porque sí, hay que decirlo sin anestesia: Está Vinotinto nos regaló un espectáculo para el olvido frente a la selección B de Estados Unidos. Quienes sin tener a los mejores, igual, les pasaron por encima como aplanadora.
Claro, que bueno el regreso de Wilker Fariñez, nuestro héroe de mil batallas, volando de palo a palo como un colibrí con guantes de boxeo. Detuvo un penal, sí señor, y nos salvó de una goleada de escándalo. Pero ni el mejor arquero del mundo puede tapar las carencias de un equipo que parece jugar con los ojos vendados y las piernas atadas.
Y qué decir de Juan Pablo Añor, un oasis de talento en medio de la sequía. El único que pareció entender que esto del fútbol va de tocar la pelota, de pensar, de generar peligro. El resto, mis amigos, más perdidos que el hijo de Lindbergh.
Uno se pregunta, ¿qué pasa con la Vinotinto? ¿Es que acaso el talento se nos agotó como la paz y el bienestar del país? ¿O será que la liga local, ese torneo que con cariño llamamos Futve, se ha convertido en una fábrica de jugadores mediocres? Porque no se puede negar la cruda realidad: el nivel de nuestro fútbol es más bajo que el sueldo de un maestro de escuela.
Y así, entre la decepción y la amargura, nos queda la esperanza de que este partido sirva como una llamada de atención. Que los dirigentes, los entrenadores, los jugadores, todos, se den cuenta de que hay que cambiar, que hay que invertir en serio en el fútbol base, que hay que dejar de improvisar. Porque si seguimos así, la Vinotinto seguirá siendo un espejismo en el desierto, una promesa incumplida, un dolor de cabeza para todos los que soñamos con verla triunfar.

