Béisbol

La mutación del león: ¿Cuándo cambió el Caracas la hidalguía por el “perreo”?

Composición dividida: a la izquierda, beisbolista clásico en sepia mostrando respeto; a la derecha, beisbolista moderno a color celebrando con euforia (perreo)

Por Felipe Elías Mujica T.

El béisbol siempre ha sido un espejo de la sociedad, y a veces, ese espejo nos devuelve una imagen que no reconocemos. O peor, una que preferimos no ver.

En un debate encendido esta mañana con fanáticos de vieja data —de esos que vieron jugar a Antonio Armas y a Urbano Lugo—, surgió una verdad incómoda que flota sobre el dugout de los Leones del Caracas (y de gran parte de la liga): el talento sigue ahí, pero la elegancia parece haberse retirado.

Las «Caras Bonitas» vs. Los irrespetuosos del béisbol

Históricamente, al Caracas se le llamó el equipo de las «Caras Bonitas». Tenían la mejor cerveza, los estadios más llenos, las mujeres más hermosas y, sí, una arrogancia natural que venía con el título de ser los más ganadores. Pero era una arrogancia con clase. Era la altivez de Omar Vizquel haciendo una jugada de feria sin despeinarse, o la fuerza tranquila de Antonio Armas recorriendo las bases tras un jonrón con la cabeza alta, sin mirar a nadie.

Hoy, la sensación es distinta. Como bien decía un contertulio: «Los peloteros de esta nueva generación, que tienen un desempeño aceptable, a veces parecen olvidar el respeto dentro del campo». Vemos a figuras como Oswaldo Arcia o Harold Castro —talentosos a rabiar— conectar un jonrón y transformar la celebración en un acto que roza la agresión al rival.

No es solo celebrar. El «perreo» es parte del show moderno, lo entiendo. Acuña Jr. lo hace en Grandes Ligas y es un espectáculo. Pero hay una línea delgada entre disfrutar tu éxito y humillar al contrario. «De vaina no se sacan la paloma para mear el dugout contrario», se escuchó en la tertulia. Una frase cruda, pero que ilustra el hastío de una parte de la afición que siente que el béisbol se ha vuelto vulgar.

El equipo mutó como el país

Quizás el punto más doloroso de la discusión fue esta sentencia: «El equipo ha mutado, como también lo ha hecho el país».

Ya no es el Caracas dirigido por un par de familias tradicionales. Ya no está la figura paternal de Antonio en la cueva imponiendo respeto con la mirada. El béisbol venezolano de hoy, como nuestras calles, es más agresivo, más ruidoso, más inmediato.

Sin embargo, aún quedan faros. Vemos a Gorkys Hernández robar su base número 100 con la ética de trabajo de un obrero. Vemos a Wilfredo Tovar y recordamos la sobriedad de un Álex González o un «Chino» Cáceres. Vemos a Henry Blanco dirigir con la seriedad de los de antes.

La Hidalguía como tarea pendiente

La pasión no tiene por qué estar peleada con la educación. Ser «caraquista» (o magallanero) solía ser un rasgo de identidad que se llevaba con orgullo, no con resentimiento.

El Caracas tiene hoy una constelación de estrellas. Tienen bates que destruyen la liga. Pero la pregunta que queda en el aire es: ¿Están construyendo una cultura o solo estadísticas? ¿Están formando ídolos que los niños querrán imitar por su juego, o solo por sus gestos?

Tal vez sea hora de llamar a las leyendas. De que los Vizquel, los Armas, los Urbano Lugo bajen al terreno no solo a lanzar la primera bola, sino a recordarles a los muchachos que la grandeza no se mide solo en jonrones, sino en cómo te comportas cuando cruzas el home.

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