Jugar al béisbol sabiendo que puedes cambiar de ciudad en un par de horas es un oficio extraño. Este domingo, Luis Arráez volvió a figurar en la alineación titular de los Gigantes de San Francisco, saltó al terreno y cubrió su puesto con la rutina de siempre. Sin embargo, en el ambiente del estadio flotaba una sensación distinta: esa calma tensa que precede a las despedidas de última hora.
En lo deportivo no fue su tarde. El venezolano se fue de 5-0 y su promedio cedió hasta .324, una cifra que de todos modos sigue estando al alcance de muy pocos en las Grandes Ligas. Pero en las oficinas del béisbol moderno, un domingo amargo en el plato no altera el valor de un bateador de su calibre.
Mientras la gerencia de San Francisco escucha ofertas y calcula el retorno de un posible traspaso antes del cierre de pases, el yaracuyano hace lo único que está bajo su control: ajustarse los guantines, pararse en la cueva con la serenidad de quien conoce su oficio y esperar. Si le toca armar maletas, lo hará sabiendo que su bate es exactamente lo que necesita cualquier equipo que aspire a jugar en octubre.
