Fútbol

La Vinotinto necesita un arquitecto valiente y criollo

El silencio en una rueda de prensa puede ser más estruendoso que el grito de gol de un estadio lleno. El silencio de Fernando Batista tras el naufragio contra Colombia no fue de dolor ni de respeto; fue el silencio de la evasión. Un portazo en la cara a 30 millones de almas que se sintieron, con justa razón, burladas. La Federación Venezolana de Fútbol (FVF), en un acto de complicidad pasmosa, le sostuvo la puerta.

Seamos claros y llamemos a las cosas por su nombre: el ciclo Pékerman-Batista, ese proyecto que nos vendieron a precio de oro y con promesas de primer mundo, ha culminado en el fracaso más descomunal de nuestra historia reciente. No por la eliminación en sí misma —un desenlace dolorosamente familiar—, sino por la abdicación de responsabilidades. Se nos fue un técnico que, ante el primer palo de agua, se escondió bajo el paraguas federativo, dejando una selección sin alma, sin funcionamiento y, lo que es peor, sin un líder que diera la cara.

Es imposible no sentir una mezcla de nostalgia y rabia al recordar a hombres como Richard Páez, César Farías o Rafael Dudamel. Tipos con aciertos y errores, sí, pero que jamás negociaron el coraje. Tipos que entendían que el primer deber de un seleccionador nacional es asumir la responsabilidad «carita pelada», como diría Farías, tanto en el podio de la victoria como en el fango de la derrota. Esa valentía, ese sentido de pertenencia, es precisamente lo que se extravió en el maletín de los últimos inquilinos del banquillo.

Hoy, la FVF se encuentra en una encrucijada que definirá el ciclo venidero. La pregunta sobre si el próximo técnico debe ser venezolano o extranjero es un falso debate. La verdadera pregunta es: ¿seguiremos comprando espejismos o empezaremos a construir cimientos?

El «salvador extranjero» es un mito que nos ha costado demasiado caro. La idea de que un pasaporte europeo o del sur del continente trae consigo una varita mágica de jerarquía y metodología de vanguardia ha quedado expuesta. A menudo, lo que trae es un desconocimiento profundo de nuestra idiosincrasia, un compromiso condicionado al próximo cheque y un riesgo altísimo de contratar a un mercenario que ve a Venezuela como una escala exótica en su currículum. Batista es la prueba viviente de una idea que, en la práctica, no cuajó.

Es hora de alejarnos de la cobardía y salidas faciles. Es el momento de apostar por un arquitecto criollo.
No hablo de un simple entrenador, hablo de un Gerente General a la venezolana, una figura con plenos poderes para diseñar y ejecutar un proyecto que vaya desde la Sub-17 hasta la selección absoluta. Un líder que no necesite un GPS para entender el mapa de nuestro fútbol. Nombres como Eduardo Saragó, Cesar Farias o el propio Richard Páez encarnan el prototipo: conocen las virtudes y los vicios de nuestro jugador, sienten el escudo y, sobre todo, no se van a esconder cuando las cosas se pongan feas.

La propuesta debe ser audaz y estructural. Este Gerente General venezolano debe tener la potestad de conformar un cuerpo técnico híbrido y meritocrático. Que su mano derecha sea un joven técnico venezolano con proyección, sí, pero que tenga el presupuesto y la autonomía para contratar a los mejores especialistas extranjeros que el dinero pueda pagar en preparación física, análisis de datos y metodología. Basta de traer un séquito de amigos; es hora de traer conocimiento específico.

Este nuevo proyecto debe sostenerse sobre tres pilares innegociables que el ciclo anterior ignoró:

Recuperar la Identidad: Abandonar el dogma de la posesión estéril y volver a ser lo que nos hizo competitivos: un equipo ordenado tácticamente, letal en las transiciones y que potencie el desequilibrio de nuestro talento individual.

Nacionalizar el Proyecto Juvenil: El seleccionador debe ser el jefe de todos los entrenadores de las categorías menores, unificando un estilo y asegurando que el subcampeonato del 2017 no sea una anécdota, sino el punto de partida de una línea de producción de talento.

Exigir Blindaje Profesional: El líder del proyecto debe tener la autoridad para vetar las pugnas de poder y exigir condiciones de élite. La FVF debe servir al proyecto, no al revés.

La conclusión es sencilla. La arquitectura del futuro de la Vinotinto tiene que ser venezolana, empapada de nuestro sentir y nuestro conocimiento. Pero las herramientas para construir ese futuro deben ser las mejores del mundo. Se acabó el tiempo de los cheques en blanco y las huidas por la puerta de atrás. Queremos un proyecto con alma criolla y ejecución global. Queremos, de una vez por todas, un líder que no le tenga miedo a dar la cara.

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