El béisbol no cree en la lógica. Durante tres entradas, los Dodgers, campeones defensores, jugaban a su ritmo. Ganaban 2-0, con el sabor del Caribe de Kiké Hernández y la precisión quirúrgica de Will Smith. Blake Snell, su as, coqueteaba con el desastre de bases llenas, pero salía ileso. Incluso regaló una jugada defensiva de 100 millas a tercera. Parecía una noche de control.
Pero en la Serie Mundial, el control es una ilusión. Toronto despertó y convirtió un juego tenso en una paliza memorable de 11-4, sentenciada por un colapso del bullpen que se recordará por años.
El espejismo del dominio
El inicio fue un drama de contrastes. De un lado, el joven Trey Yesavage, de Toronto, visiblemente nervioso. Sobrevivió al reto de Andy Pagés y Shohei Ohtani (que se fue de 4-1), pero pagó un precio altísimo: 80 lanzamientos en tres innings. Del otro, Snell, el escapista.
Toronto corría mal las bases, como demostró la audacia de Ernie Clement, fusilado en tercera por un misil del propio Snell. Los Dodgers dominaban 2-0 y el guion parecía escrito.
Pero el béisbol tenía otro plan.
El héroe inesperado y el derrumbe
La narrativa se rompió cuando nadie lo esperaba. Daulton Varsho, el héroe que no estaba en el libreto, encontró un lanzamiento de Snell y lo desapareció para empatar el juego 2-2. Fue el primer aviso.
El bullpen de Toronto, liderado por un autoritario Seranthony Domínguez, colgó ceros. El juego entró en tensión.
Y entonces, Snell se cansó. Con 96 lanzamientos, el tanque parpadeó en rojo.
El colapso fue metódico. Primero, la redención: Ernie Clement, el hombre del error en el corrido de las bases, conectó el hit que le dio la ventaja a Toronto. Luego, el descontrol: un boleto con bases llenas trajo al mexicano Alejandro Kirk al plato caminando. 4-2.
Y allí, el Caribe respondió al llamado. Andrés Giménez, el guaro, conectó un hit oportuno, su novena impulsada de la postemporada, para la quinta carrera. La mesa estaba servida para la tragedia.
El Grand Slam que rompió el alma
Dave Roberts estiró a Snell todo lo que pudo porque sabía lo que venía. El bullpen de los Dodgers, que debía ser un cerrojo, fue un portón abierto. Se les perdieron los outs. Y Addison Barger no perdonó.
Con las bases llenas, conectó un batazo de 413 pies. Un Grand Slam que rompió el juego, silenció a Los Ángeles y sentenció el partido.
El resto fue la celebración de Toronto. El de Tijuana, Alejandro Kirk, coronó su debut soñado en Serie Mundial: noche perfecta de 3-3, con jonrón, dos impulsadas y tres anotadas, para poner la pizarra en un escandaloso 11-2.
Shohei Ohtani descontó con un jonrón de orgullo al final, su sexto de la postemporada. Pero era solo un destello en medio de la tragedia.
La pizarra (11-4) era un monumento a la debacle. Toronto no solo ganó; le recordó a los campeones que en octubre, la gloria y el colapso viven a solo un inning de distancia.
