El grito de gol retumbó en Montilivi. Un cabezazo impecable, potente, marca de la casa. Salomón Rondón celebraba con el Real Oviedo, su inesperado regreso a la élite española, un tanto que ponía el 0-2 parcial ante el Girona. Pero ese salto, esa furia contenida en el festejo, escondía una dualidad. Es el dilema del gladiador a sus 36 años: el deber profesional cumplido en España contrasta de frente con la herida abierta de la Vinotinto, esa que él mismo definió como su «última oportunidad».
El gol de Rondón, tras un córner preciso de Santiago Colombatto, fue un destello de su vigencia. Sin embargo, el fútbol rara vez ofrece alegrías completas. El partido terminó en un empate agónico 3-3, con el Oviedo salvando un punto en los descuentos gracias a David Carmo. Este resultado no saca al equipo del sótano; los recién ascendidos comparten el fondo de la tabla con 7 puntos en 10 jornadas. El gol de «Salo» fue vital, pero la lucha por la permanencia será larga y agónica.
El cabezazo de Rondón fue una demostración de potencia pura, un movimiento clásico de «El Gladiador»
Su regreso a La Liga no estaba en los planes. Como confesó, una cláusula con el grupo Pachuca lo activó tras el ascenso del Oviedo. Ahora, con su familia disfrutando de España, el máximo goleador histórico de Venezuela afronta el ocaso de su carrera en la liga más competitiva del mundo. Es una realidad que choca brutalmente con su sentir más profundo, revelado recientemente tras la eliminación de Venezuela del Premundial.
«Sentí que era mi último Premundial, mi última oportunidad”, confesó Rondón. «Me dolió mucho en lo personal (…) en lo deportivo me marcó».
Esa es la carga del Rey Salomón. Mientras su nombre se escuchó por una nominación a los premios The Best 2024 y la celebración de sus 200 goles en clubes, el delantero lidia con el vacío del sueño colectivo. El gol de Rondón al Girona no es solo una estadística más para un equipo que lucha en el barro. Es el acto de un profesional que, cargando el peso de un sueño nacional roto, se niega a rendirse. A sus 36 años, Salomón vive su último baile en Europa, demostrando que incluso con el alma marcada por lo que no fue, el instinto del goleador jamás descansa.
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