Béisbol

Salón de la Fama: ¿Por qué no fueron unánimes?

¿Se imaginan a la «malandra Elizabeth» de «Cuánto Vale el Show» con el poder de decidir quién entra al Olimpo del béisbol? Esa imagen, tan improbable como divertida, me vino a la mente al pensar en las votaciones del Salón de la Fama. Resulta que ni siquiera los excelsos del diamante se salvan del juicio implacable, y a veces, por un voto, la gloria se convierte en una agonía.

Porque, ¿cómo es posible que figuras como Derek Jeter, Ichiro Suzuki o Ken Griffey Jr. no hayan entrado al Salón de la Fama por unanimidad? ¿Acaso no fueron titanes en el terreno de juego? Pues sí, pero ya se sabe, siempre hay un «pero».

Para la «malandra Elizabeth» beisbolera, Jeter sería «un niñito bonito con guante de mantequilla». «Mucho bate, pero a la hora de fildear, parecía que tenía dos manos izquierdas», diría con su característico desparpajo. Y sobre Ichiro, sentenciaría: «¡Ay, mi amor, mucho hit, pero llegó tarde a la fiesta! Aquí lo que cuenta es la MLB, no esos numeritos que hizo en Japón».

Griffey Jr., con su swing de ensueño, tampoco se salvaría de las críticas. «Ese muchacho era un fenómeno, pero se la pasaba más tiempo en la lista de incapacitados que en el campo. ¡Con ese físico, ni para cargar las maletas!», exclamaría la «malandra», mientras se abanica con un calendario de las Grandes Ligas.

Y qué decir de los pitchers. Tom Seaver. «Buen pitcher, pero le faltó ganar más Series Mundiales. ¡Aquí lo que importa son los anillos!», diría la «malandra», luciendo un collar de fantasía que parece sacado de una piñata. Nolan Ryan, el rey de los ponches, también sería objeto de sus burlas. «Mucho brazo, pero descontrolado. ¡Más bases por bolas que pelos en la cabeza!», gritaría, mientras se ajusta su peluca rubia.

Ni siquiera Cal Ripken Jr., el «Iron Man», escaparía de su lengua viperina. «Ese sí que era duro, jugaba hasta con gripe. Pero a la hora de batear, más flojo que un flan. ¡Con ese promedio, mejor que se dedicara a correr maratones!», remataría la «malandra», con una carcajada que haría temblar los cimientos de Cooperstown.

En fin, que hasta los dioses del béisbol tienen sus defectos. Y si la «malandra Elizabeth» tuviera voto en el Salón de la Fama, más de uno se quedaría con las ganas de entrar.

Pero no se preocupen, al final, la historia se encarga de poner a cada uno en su lugar. Y estos peloteros, a pesar de no ser unánimes, ya tienen su lugar asegurado en el Olimpo del béisbol.


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