Béisbol

El pecho de Salvador: Cuando el Capitán se inmola por un manager en la cuerda floja

Salvador Pérez hablando con la prensa defendiendo al manager José Alguacil de los Leones del Caracas

Hay una regla no escrita en el béisbol, una que se aprende rápido cuando te pones el uniforme de los Leones del Caracas: la camiseta pesa, y la grada no perdona apellidos, perdona con victorias.

Ayer, vimos una escena de película. Salvador Pérez, el niño de la casa que se hizo rey en Kansas City, regresó. Bateó el jonrón de la victoria contra el eterno rival, celebró frente a su madre —una imagen que nos emocionó a todos— y demostró por qué es la realeza del béisbol. Pero entonces, hizo algo más peligroso que enfrentarse a una recta de 98 millas: se enfrentó a la frustración del fanático caraquista.

«Alguacil no juega, nosotros sí… si van a criticar, que sea a los peloteros», dijo.

Entiendo el código. Lo que hizo Salvador se llama (lealtad de trinchera). Cuando el barco se hunde y acaban de tirar por la borda a tus tenientes (Meulens y Álvarez), el Capitán no deja solo al Almirante. Salvador usó su inmenso capital político —ese que se ha ganado con Guantes de Oro y anillos de Serie Mundial— para comprarle tiempo a José Alguacil. Puso su pecho para recibir las balas que iban al mánager. Eso, puertas adentro, cohesiona un vestuario. Eso le dice a los muchachos: «Aquí nos matamos juntos».

Pero, y aquí viene el lanzamiento en curva ¿tiene razón Salvador al mandar a callar la crítica?

La respuesta corta es: No.

El fanático venezolano, y específicamente el caraquista, no es un cliente; es un doliente. Ese fanático que pagó la entrada en el Monumental, o que sufre viendo el juego por TV, tiene la memoria larga. No están molestos solo por una mala racha de noviembre. Están molestos porque ven un «Ferrari» ofensivo manejado como si fuera un carrito chocón. Están molestos porque el año pasado el pitcheo colapsó y este año la historia se repite.

Decir «el manager no juega» es una verdad a medias. Cierto, Alguacil no lanza la pelota, pero Alguacil decide quién la lanza y cuándo. Y ahí es donde la afición ha visto las costuras.

El gesto de Salvador es noble, sí. Es un acto de liderazgo brutal que demuestra su calidad humana. Pero en el béisbol profesional, especialmente en esta liga corta y cruel, el crédito se agota rápido. Salvador acaba de firmar un cheque con su boca que el equipo tendrá que pagar con el guante y el brazo.

Al salir a defender públicamente a una gestión cuestionada, Salvador elevó la apuesta. Ahora, cada error en el relevo, cada alineación cuestionable, no solo caerá sobre Alguacil, sino que rebotará en la palabra del Capitán.

Mi opinión desde este rincón:

A veces, lo mejor es dejar que el bate hable y que la boca calle. El jonrón frente a su madre y la victoria ante Magallanes eran el mensaje perfecto: «Estamos aquí, vamos a pelear». Añadir la regañina a la afición fue echarle gasolina a un fuego que apenas se estaba apagando con la victoria.

El fanático tiene derecho a exigir. El pelotero tiene el deber de responder en el terreno. Salvador cumplió con el bate, pero subestimó el dolor de una grada que lleva meses viendo cómo se desperdicia talento.

El «blindaje» de Alguacil ahora tiene el sello de Salvador Pérez. Ojalá, por el bien del espectáculo y del equipo, que los brazos del bullpen tengan la misma fuerza que las palabras del receptor. Porque en Caracas, mi gente, el silencio solo se compra con campeonatos.

Por Felipe Elías Mujica T.

1 Comment

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  1. Salseros del Mundo

    diciembre 7, 2025 at 12:52 pm

    Acertado análisis Pelota Caribe

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