Fútbol

San Marino y Venezuela: dos rutas hacia el mismo abismo mundialista

San Marino y Venezuela: dos caminos opuestos hacia el Mundial

En el fútbol existen dos tipos de esperanza. Está la esperanza que se labra con sudor y talento, la que se disputa en canchas imposibles, frente a gigantes difíciles de doblegar. Y luego, está la otra: la esperanza que se encuentra en los vericuetos de un reglamento, en una carambola tan improbable que parece sacada de una historia milagrosa. La primera es la historia de Venezuela. La segunda, la de San Marino.

San Marino, el último de la fila en el ranking FIFA, la nación de 34.000 almas que solo ha conocido tres victorias en toda su historia, hoy se aferra a una posibilidad de clasificar al Mundial que es, a la vez, una lección de matemática y un chiste cruel del destino. Gracias a sus inéditos triunfos en la Liga de Naciones de la UEFA —ese torneo que permite a los pequeños soñar sin pedir permiso—, se han ganado un boleto de lotería para los play-offs. Pero aquí viene el giro futbolístico: para canjear ese boleto, necesitan un milagro que pasa, irónicamente, por su propia derrota.

Su futuro depende de que Rumania, otro ganador de grupo en la Liga de Naciones, clasifique directamente al Mundial. Y para que eso ocurra, San Marino debe enfrentarlos en la última jornada y, en esencia, perder por la mayor cantidad de goles posible para ayudar al diferencial rumano. Perder para tener la oportunidad de ganar. Un sacrificio en el altar del fútbol moderno, una componenda táctica que bordea lo prohibido por la propia FIFA, que castiga la «manipulación de partidos». San Marino, el equipo que casi nunca gana, se encuentra en la posición de tener que orquestar su propia caída para poder seguir soñando.

Y entonces, desde este lado del mundo, con el mar Caribe en nuestro norte, miramos el mapa y no podemos evitar una sonrisa amarga. Mientras San Marino calcula cuántos goles en contra necesita, Venezuela ya hizo las maletas. La Vinotinto, una vez más, ha naufragado en la orilla de la eliminatoria más salvaje del planeta. La CONMEBOL no entiende de paradojas ni de caminos alternativos; es una trituradora de sueños, un torneo donde cada fecha es una final contra campeones del mundo. Aquí no hay atajos. Solo gigantes.

La situación de San Marino reaviva, con una fuerza casi hiriente, el viejo debate en cada café y en cada sobremesa futbolística de nuestro país: ¿qué pasaría si Venezuela jugara en la CONCACAF? ¿Cambiaríamos la dignidad de competir contra los mejores por la posibilidad real de asistir a un Mundial? La pregunta es un veneno dulce, una tentación que carcome desde adentro. Ver a San Marino con esta opción, por más remota que sea, se siente como una injusticia. Ellos, con su historial de derrotas, tienen un «plan B». Nosotros, con una generación de futbolistas compitiendo en las mejores ligas del mundo, solo tenemos la certeza de la dificultad.

Quizás esa es la verdadera épica. La nuestra. La de no depender de calculadoras ni de los resultados de otros, sino de la utopía de conquistar la clasificación al Mundial. La gesta de San Marino será una anécdota memorable, un asterisco en la historia del fútbol. La lucha de Venezuela, en cambio, es un destino. Uno más cruel, sí. Pero infinitamente más nuestro.

¿Qué Opinas?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Noticias

Inicio