El béisbol cambió para siempre. El Juego 4 de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional de 2025 fue una de esas noches inolvidables. Shohei Ohtani confirmó con su actuación que es el mejor jugador que jamás haya pisado un diamante.
Magistral. Perfecta. Impactante. Ejemplar. Brutalmente poética. Son palabras idóneas para acompañar el debate. “Fuimos parte de una actuación individual icónica, quizás la mejor jamás vista”, confesó Pat Murphy, mánager rival, con la resignación de quien ha visto a un dios caminar entre mortales.
Dos leyendas en un solo cuerpo
Anoche, Ohtani fue dos leyendas en un solo cuerpo. Desde el montículo, lanzó hasta la sexta entrada, despachando a 10 bateadores con la furia de un superhéroe en su apogeo.
Con el madero, desató una furia descomunal: tres jonrones que rasgaron el cielo, sumando 1,342 pies de distancia. Se convirtió en el primer lanzador en la historia de la postemporada en abrir un juego con un cuadrangular.
Su mánager, Dave Roberts, apenas pudo articularlo: “Esa fue probablemente la mejor actuación de postemporada de todos los tiempos… Hay una razón por la que es el mejor jugador del planeta”. No era hipérbole; era la constatación de que la discusión sobre Ohtani vs Babe Ruth había terminado para siempre.
Más allá del diamante
Para calibrar la magnitud de la gesta de Ohtani, hay que abandonar por un momento el diamante y buscar paralelismos en el panteón del deporte mundial. Solo para descubrir que no existen.
El debate sobre los mejores atletas suele incluir a especialistas que llevaron su disciplina a otra dimensión: Michael Jordan en el baloncesto, Lionel Messi en el fútbol. También hemos visto a élites triunfar en dos deportes distintos, como Bo Jackson o Deion Sanders. Hazañas que hablan de un talento físico sobrenatural.
Pero la anomalía de Ohtani es distinta y más profunda. No domina dos deportes, sino las dos almas antagónicas de un mismo juego. Es como si Messi, además de ser el máximo goleador de la historia, atajara penales en una final de Champions.
Ohtani representa la fusión de dos roles opuestos —el depredador y el guardián— en el cénit competitivo. Un fenómeno de dualidad que ningún otro atleta, en ninguna otra disciplina, ha logrado sostener a este nivel de excelencia.
El fin del fantasma de Ruth
El fantasma del “Bambino” siempre fue la vara con la que se midió a Ohtani. «Babe» Ruth, el último titán bidireccional, abandonó el doble rol en 1919 porque, en sus propias palabras, era “demasiado difícil para el brazo”.
Lo que Ohtani ha logrado en la era moderna —con una exigencia física y un nivel de especialización infinitamente superiores— no es una réplica del hito de Ruth, sino su aniquilación.
Su temporada de 2024 fue el prólogo de esta coronación: se unió al exclusivo club de los tres MVP, lideró su liga con 54 jonrones y 130 impulsadas, y conquistó el anillo de Serie Mundial con los Dodgers.
Pero su hazaña más definitoria fue la creación de un club del que es el único socio: el de los 50 jonrones y 50 bases robadas. Una proeza que fusiona el poder de un slugger con la velocidad de un galgo, y que demuestra la verdadera dimensión de las hazañas de Shohei Ohtani.
El Hombre detrás del mito
Para entender al mito hay que escuchar al hombre. Detrás del contrato de 700 millones de dólares yace un sacrificio que revela su verdadera ambición.
Al diferir 68 de sus 70 millones anuales, Ohtani le entregó a los Dodgers la flexibilidad para construir una dinastía. Prefirió el eco de la gloria al estruendo del dinero.
Su alma, confiesa él, pertenece a la caja de bateo. “Me siento más como un bateador que aprendió a lanzar”, admite, desvelando el núcleo de su identidad.
Y es en esa confesión donde reside su grandeza. No es un lanzador superdotado que también batea; es un artista del bateo con una voluntad tan férrea que lo obligó a dominar también el arte del pitcheo. Cumplió el plan maestro que los Hokkaido Nippon Ham Fighters diseñaron para él: el «Proyecto Ohtani», que hoy el mundo contempla maravillado.
El comienzo de la eternidad
La noche de los tres jonrones y los diez ponches no fue el final de su leyenda, sino el verdadero comienzo. Fue la noche en que Shohei Ohtani dejó de medirse con Babe Ruth para empezar a medirse con la eternidad.
