Por Felipe Elías Mujica T.
El silencio después del último pitazo fue un veredicto. En Venezuela, la actuación de la Vinotinto dejó una mezcla de arrechera y desconsuelo; para la afición, seguir fuera del Mundial es un coñazo en la boca del estomago que te deja sin aire. Se apagaron los televisores y solo quedó la amargura de comprender que, una vez más, la fe no fue suficiente. Atrás quedaron los videos inspiradores con música épica; la realidad es el vacío de un proyecto sin rumbo, nuevamente a la deriva en el mar tormentoso de la CONMEBOL.
Esta no fue una simple derrota. Fue una debacle, la crónica de un cuerpo técnico que naufragó en un mar de improvisación, incapaz de ofrecer un plan de juego coherente. Esa ausencia de dirección, unida a una pésima planificación, fue dejando sin alma a un equipo al que solo le quedaba el coraje de siempre.
Y como en todo velorio, surgen las propuestas desesperadas. Vuelve a sonar el canto de sirena de mudarse a la CONCACAF. Seamos claros: es el atajo de los mediocres. En lo deportivo, no hay garantías de vencer a potencias de la zona como México, Estados Unidos o Costa Rica. En lo económico y en prestigio, nunca será comparable a enfrentar a Brasil, Argentina y Uruguay. Ir a la CONCACAF solo garantiza más retroceso. Venezuela tiene que estar donde le corresponde, aunque duela, aunque sangre.
En medio de las ruinas, emerge una figura que genera cautela y esperanza: Oswaldo Vizcarrondo. El hombre que siempre pareció un entrenador atrapado en el cuerpo de un central ahora toma las riendas. Su bautizo será una prueba de fuego o un acto masoquista: un amistoso en Miami contra Argentina, uno de nuestros grandes verdugos, y otro en Chicago contra Belice, el número 176 del mundo. El primero amenaza con «quemarlo» antes de empezar; el segundo huele a un trámite insípido.
Pero es en ese partido contra Belice donde yace la verdadera oportunidad. Mientras para ellos es un hito histórico, para nosotros puede ser un laboratorio de futuro. Una hoja en blanco para que los muchachos de la Sub-17 y la Sub-20 —los que sí saben lo que es un Mundial— sientan el peso de la camiseta de mayores sin la presión de un resultado mortal. Es la única forma de darle sentido a un amistoso nacido de retruque: usar el presente para, por una vez, sembrar el futuro.
Aunque el verdadero cáncer de nuestro fútbol no está en el banquillo, sino en las raíces. El mal crónico de una estructura fallida. Nuestra liga local es un campo minado de deudas y pobreza competitiva, un torneo anclado en el pasado mientras nuestros vecinos construyen autopistas. Los clubes no forman, sobreviven. Y nuestros talentos, con un pasaporte que pesa como plomo en las oficinas de Europa, terminan en ligas periféricas, en mercados fríos que no potencian su crecimiento.
El camino a un Mundial no se pavimenta con videos virales ni con debates estériles sobre atajos geográficos. Se construye con estadios llenos apoyando a los clubes locales, con directivos serios, con el desarrollo de talentos en casa y, sobre todo, con un pueblo que deje de celebrar glorias ajenas para colocarse, con orgullo terco, la suya. La única vía posible es dejar de importar ideas y empezar a sembrar nuestra propia identidad. Aunque la ruta hasta ahora haya sido amarga, está en nosotros, y en nadie más, cambiar el sabor de nuestra historia.
