Hay derrotas que son solo un número en la estadística, frías y definitivas. Y hay derrotas que, aunque no sumen puntos, siembran futuro. Lo que vimos de la Vinotinto ante la Argentina campeona del mundo pertenece, sin duda alguna, a la segunda categoría. Perdieron 1-0, sí. Pero en el alma, en el coraje y en la promesa, Venezuela ganó mucho más que un partido.
Era el escenario para temblar: la albiceleste, con sus monstruos sagrados, esos campeones que lo han ganado todo. Y por momentos, la oncena venezolana sufrió, como era de esperarse. Pero no se rindió. Este equipo, aún en construcción, se negó a ser un mero espectador del talento de Enzo, Lautaro, Álvarez y Paredes. Vizcarrondo les exigió ser fieles a una idea: tratar de tener la pelota, asociarse, ser protagonistas. Y esa, contra los adversarios de siempre, es una apuesta más valiosa que cualquier pelotazo al azar.
La resistencia tuvo nombres propios. En el arco, un gigante llamado José Contreras se vistió de muro, un guardián que se cansó de ahogar goles cantados, especialmente al «Toro» Lautaro, a quien le convirtió la noche en una pesadilla. Más adelante, Nahuel Ferraresi no solo defendió con la garra que se le conoce, sino que fue la primera salida limpia del equipo, el hombre que iniciaba el juego desde el fondo con una valentía admirable.
Pero la rebeldía no fue solo defensiva. Vimos a un Alejandro Márquez incisivo y perseverante, chocando una y otra vez sin bajar los brazos. Vimos los chispazos de una alianza que promete entre Telasco Segovia y Juan Pablo Añor. Vimos el sacrificio de Aramburu y «Tuti» Andrade, quienes dejaron el alma en la cancha, y la irreverencia de un Gleiker Mendoza que jugó como si el parche de campeón del mundo en la camiseta rival no le intimidara en lo más mínimo.
Y entonces, uno se pregunta, viendo el desparpajo y el talento de estos chamos, ¿dónde estaban? No podemos dejar de pensar cómo el «Bocha» los ignoró sin explicación, privando a la selección de un universo de jugadores que hoy demuestran tener con qué competir. Vizcarrondo, en poco tiempo, se atrevió a expandir ese plantel, a confiar.
El segundo tiempo fue la prueba definitiva. La Vinotinto recuperó el balón, mordió, y no solo contuvo, sino que llegó. Así como pudo recibir más goles, también tuvo opciones, incluso a pelota parada para marcar. Demostró que el plan no era una quimera, sino un camino.
Nos ganaron los campeones del mundo, sí. Pero fue por la mínima. Y nos dejaron una certeza: hay equipo, hay idea y hay un técnico que en poco tiempo ha devuelto la fe. La Federación Venezolana de Fútbol debe mirar esto con calma, lejos del ruido del resultado.
Quizás, solo quizás, Vizcarrondo y esta generación de valientes ya se ganaron una oportunidad. La oportunidad de finalmente llevar a la Vinotinto al mundial.
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